martes, 8 de febrero de 2022
LOS JIBAROS: ¿Salvajes y genios?
martes, 21 de septiembre de 2021
Andueza: El otro chachapoyano, olvidado en la historia del Perú
Nació Juan Antonio de Andueza
Medina el 22 de marzo de 1773, tal como consta en su partida de bautismo,
recibido al día siguiente de manos del cura y vicario del Sagrario, de la
ciudad de Chachapoyas, situada en el actual departamento de Amazonas. Era hijo
legítimo de Baltasar Andueza y Gertrudis de Medina. Fue su madrina doña María
Antonia Rodríguez, al parecer pariente de Toribio Rodríguez de Mendoza,
precursor de la independencia del Perú, que sería rector del Real Convictorio
de San Carlos, en Lima, precisamente donde estudió su sobrino el joven Juan
Antonio, y en donde obtuvo en su oportunidad el grado de bachiller en Cánones y
doctor in utroque iure (en ambos derechos: Civil y Canónico).
En el Convictorio fue
condiscípulo de José Joaquín de Olmedo, y alumno de José 1 Texto adaptado para
facilidad de la lectura. 2 Ramón de Ostolaza y de los Ríos, cuyo hermano Blas
fue, a la par de Andueza y como se relata más adelante, representante del Perú
ante las Cortes de Cádiz. El 23 de septiembre de 1799 fue admitido como abogado
por la Real Audiencia de Lima, tras la examinación de rigor, luego de lo cual
optó por la vida religiosa, quizás por influencia, o siguiendo el ejemplo, del
ya mencionado Toribio Rodríguez de Mendoza, clérigo también.
Enviado a Yungay en el ejercicio
de su ministerio, fue elegido posteriormente como Diputado por Chachapoyas ante
las Cortes de Cádiz, formadas a raíz de la invasión napoleónica en España y la
usurpación de la corona por parte de su hermano José I Bonaparte, más conocido
como Pepe Botella. Se embarcó Andueza hacia España, al igual que otros
representantes del Perú de la misma extracción carolina, llegando a Cádiz y
presentando sus poderes ante las Cortes, los que fueron aprobados en la sesión
del 29 de abril de 1812, como consta del acta respectiva. Tomó posesión de su
cargo el 12 de mayo del mismo año, incorporándose a diversas comisiones como
las de Honor, Prebendas Eclesiásticas y Justicia. Adoptó, en el curso de los
debates, una posición prudente, buscando esencialmente el fin de la guerra
contra Napoleón y que se respete la tradición normativa de España.
En el curso de los debates
defendió el establecimiento de un colegio de minas en Lima, así como la
adopción de medidas protocolares para evitar que la autoridad de los
ayuntamientos quede menoscabada; como consecuencia de esto último, las Cortes
dictaron la respectiva orden de 23 de junio de 1813. Por alguna razón, que no
se conoce, su firma no figura en la autógrafa de la Constitución gaditana.
Quizás fue en Cádiz donde conoció a José Bernardo de Tagle, marqués de Torre
Tagle, quien asistió también a las Cortes, como varios otros peruanos que no 3
llegaron a suscribir la Constitución. De retorno al Perú, fue destacado a Palpa
y luego, en 1817, como racionero del cabildo diocesano de Trujillo, ejerciendo
como examinador sinodal del obispado de dicha ciudad. Paralelamente, ese mismo
año fue nombrado rector del Seminario de San Carlos y San Marcelo, igualmente
de la ciudad de Trujillo.
En julio de 1820 Andueza integró
la comisión de bienvenida al marqués de Torre Tagle al ser este nombrado
gobernador intendente interino de Trujillo por el Virrey don Joaquín de la
Pezuela. Dos meses después desembarcaría la Expedición Libertadora en el sur
del Perú, lo que precipitaría los acontecimientos rumbo a la independencia del
país.
El 29 de diciembre de 1820, en la
capilla del Seminario dirigido por Andueza, un conjunto de destacados miembros
de la sociedad trujillana suscribió el acta de proclamación de la
independencia. Firmaron el acta, además del propio rector don Juan Antonio de
Andueza, el gobernador marqués de Torre Tagle, el alcalde de la ciudad Juan
Manuel Cavero y Muñoz, el mariscal Luis José de Orbegoso y Moncada, el
secretario particular del marqués de Torre Tagle Jacinto María Rebaza, el
clérigo José María Monzón, y el oficial del Ejército Libertador sargento mayor
José Andrés Rázuri, entre otros. Previamente, alumnos del Seminario, de los
años superiores, habían velado simbólicamente la bandera nacional, formándose
como guardia de honor. La participación, pues, de Andueza, en el proceso
emancipador, fue decisiva, como lo evidencia el que, en conmemoración 4 de tan
importante acto, se lea en una placa de bronce ubicada en la mencionada
capilla, una inscripción que dice: Aquí nació la República.
Si bien no llegó a ser alumno de Andueza, es de destacar que el prócer e ideólogo de la independencia José Faustino Sánchez Carrión, se educó inicialmente en el Seminario de San Carlos y San Marcelo, en Trujillo. Producida la proclamación de la independencia en Lima y convocado por el general José de San Martín el Congreso Constituyente, fue elegido Andueza como representante por Trujillo, presentando sus poderes al Congreso, el cual dispuso su revisión en sesión del día 14 de octubre de 1822. Tres días después Andueza se incorporó al Congreso, tomando asiento entre sus pares tras prestar el juramento correspondiente. Tras la presidencia de Francisco Javier de Luna Pizarro, fue elegido para sucederlo como titular del Congreso José de Larrea y Loredo, en cuya Mesa Directiva participó Andueza en calidad de vicepresidente –por el voto aprobatorio de treinta diputados–; y, concluido el periodo de Larrea, resultó elegido presidente del Congreso Juan Antonio de Andueza para el período que va del 21 de noviembre al 20 de diciembre de 1822, esta vez por el voto aprobatorio de treinta y tres diputados. Lo acompañaron en la Mesa Directiva los diputados Miguel Tafur como vicepresidente y, como secretarios, Pedro Pedemonte y Gregorio Luna Villanueva. Correspondió a Juan Antonio de Andueza, en su calidad de presidente del Congreso, conducir los debates de las Bases de la Constitución, que la asamblea aprobó durante su mandato, para estructurar, sobre tales premisas, la Constitución que regiría al Perú independiente. El 19 de diciembre de 1822 Andueza presidió la sesión en que los diputados procedieron a prestar el juramento de respeto a las referidas Bases, bajo la siguiente fórmula: “¿Juráis a Dios y a la Patria reconocer 5 por bases de la Constitución Política de la República las que acabáis de oír; y observar y hacer observar lo que en ellas se contiene, ¿cómo los primeros principios de la ley fundamental de la nación?” Refiere el acta respectiva, que luego de haber respondido todos los señores diputados: Sí, juramos, pasaron de dos en dos a tocar el libro de los Santos Evangelios, y concluido este acto, el presidente Andueza, que lo prestó ante el vicepresidente Tafur, dijo en voz alta: Si así lo hiciereis, Dios os ayude; y si no, Él os lo demande y la República os juzgue conforme a las leyes; respondiendo todos: así sea. Participó Juan Antonio de Andueza en diversas comisiones del Congreso: Formó parte de la Comisión de Legislación del 19 de octubre hasta el 21 de noviembre del mismo año –en que fue electo Vicepresidente–; de la de Justicia desde el 24 de octubre de 1822; de la de Poderes a partir del 29 de abril de 1823; de la de Hacienda desde el 19 de setiembre de 1823 para un caso especial y en reemplazo, junto con el diputado Quezada, de los diputados Argote y Ferreyros; y luego en la misma Comisión de Hacienda el 22 de noviembre de 1823 en reemplazo del diputado Ferreyros; el 13 de mayo de 1823 fue incorporado a la Comisión Eclesiástica; a la de Funerales de Diputados desde el 3 de abril de 1823. Asimismo, participó en las Comisión de responsabilidad de jueces por infracción de leyes y en la Comisión secreta de comunicación a las provincias del sur. Integró también la Comisión Especial que se designó para llevar al gobierno los manuscritos de la Constitución aprobada por el Congreso Constituyente. Juntamente con Andueza, formaron parte del primer Congreso, en calidad de diputados, los canónigos de la catedral de Trujillo Tomás Diéguez y Alejandro Crespo y Cassaus; por lo cual, preocupado Andueza por el vacío que se había producido en el cabildo eclesiástico de dicha ciudad, solicitó al Congreso, aún antes de asumir su diputación, proveer sus reemplazos. Concluido su período presidencial, fue reemplazado por Hipólito Unánue el 20 de diciembre de 1822, limitándose, a partir de ahí, a sus funciones congresales, a intervenir en los debates de la Constitución y a ejercer su representación en las comisiones que se han referido. Habiendo acompañado a Riva Agüero a Trujillo, luego del golpe de Estado –el denominado motín de Balconcillo– que propició la elevación de aquel a la Presidencia del Perú, se negó Andueza a admitir la instauración de un Senado de 10 miembros tal como quería el nuevo presidente; por lo que fue desterrado y embarcado rumbo al sur, pero desembarcó en Chancay y de ahí se dirigió a Lima suscribiendo, con otros miembros del Congreso, un documento de protesta contra las arbitrariedades de Riva Agüero.
Afectado su salud, falleció en Lima,
el 17 de enero de 1825.
jueves, 24 de diciembre de 2020
Mi regalo de navidad
La miré de abajo arriba. Tiritaba de frío. Sus ojos miraban al vacío, extendiendo mis manos la atraje a mí. Eras las once menos cuarto, el reloj avanzaba aceleradamente, en el coche salí a comprar algunos regalos que faltaban para los sobrinos, algunos buenos vecinos y amigos. El tráfico era infernal. Todos deseaban regresar a casa para el abrazo de noche buena. Yo, como siempre, solo quería que pase las horas.
Tomo la calle
sin fin. Luces multicolores adornaban más que nunca la oscuridad de la noche.
En cada casa, en cada rincón una bombarda, un villancico recordaba a cada ser
humano que en pocas horas el “niño Jesús” volvería a nacer. Un nacimiento que
se repite por más de dos mil años. Un nacimiento que cada vez se hace más rimbombante
con la compra de regalos.
No recuerdo la última navidad de
mi vida en familia. Quizá aquellos años 70 donde mi madre recreaba grandes
nacimientos en la casa con todos los guarangos que podamos cortar y las piezas
que simulan el pesebre que traíamos de todos lados. En casa no faltaba el
chocolate, el pavo, los regalos, las sonrisas y las travesuras también.
De allí, se impuso mi soledad y
los 24 por la noche solo fumaba un cigarro negro. Cada bocanada lo hacía tan
profundo para que entre en todos mis pulmones y solo vomite silbidos y mis ojos
no expulsen lágrimas. Un largo sorbo de champagne me aturdía y así poder ir a
la cama. No había regalos, tampoco llamadas, el eco de mi voz en el fondo del
alma respondía a mis dicotomías: Creer u olvidar.
Recordaba mi infancia. Mi padre
(como si no me diera cuenta, me hacía el dormido), entraba a mi cuarto pintado
de verde y lleno de afiches de artistas ya olvidados y mujeres sin rostro,
mujeres que llegan a tu vida en la pubertad y se esfuman con la cruda realidad,
dejaba en mi raído zapato mi regalo. Cuando salía, curioseaba el obsequio, abría
con prudencia el envoltorio y casi siempre repetía: eran docenas de bolitas de
cristal y uno de acero, camisa de franela y un pantalón de lino, algunas veces
zapatos “Hércules” con punta de hierro y una vez un trompo dorado, el mismo que
se rompió al querer “doquear” a un sopero en la escuela cerca de mi casa. Ah,
pero quizá el mejor regalo que tuve en mi vida haya sido hacer mis largas colas
en el estadio para recibir regalos del gobierno militar de Velazco, que además
de show de títeres traía en aviones grandes cajas de regalos.
Recuerdo a un oficial grande para mi edad,
vestido de verde y a su costado dos cachacos con fusiles. ¡Gordito, escoge!, me
dijo. Con el entusiasmo propio de la edad, sin pensarlo dos veces, me hice del
que estaba más cerca de mí. Cogí un venado de plástico y que se inflaba hasta
doblar mi tamaño. Era marrón con manchas rojas, tenía unos enormes ojos, una
cola bien pequeña y unas astas bien grandes, que cuando pasaba entre cientos de
niños, escuchaba que decían ¡lechero, lechero! Tengo mucho recuerdo de este
animal de plástico. Al día siguiente de navidad salí a la calle a jugar con mi
venado, un primo por pura envidia, se abalanzó sobre mi apreciado juguete y lo
partió con un cuchillo afilado en mil pedazos. No saben cuánto lloré, hasta
quedarme sin lágrimas solo suspiros de melancolía brotaban de mi pecho. Cada
vez que lo recuerdo me caen lágrimas de impotencia, de frustración y eso que ya estoy viejo. Desde esos lejanos días ya
no me gustó la navidad, hasta que…
En esa calle sin fin, solitaria y
fría, escucho gritos y muchas expresiones de asombro y hasta lágrimas de
angustia. Doña Justina, jadeante y lo que le falta respirar viene a mí (era
amiga desde la infancia). ¡Gustavo, Gustavo, Gustavo! ¡Santo Dios! ¡Una
verdadera tragedia!¡Es el fin, es el fin! ¡Santa María Purísima! ¿Qué paso,
Justina? ¿Qué paso, mujer? ¡Cálmate! ¡El
trineo de Papá Noel cayó del cielo, Gustavito! ¡Queeeeeeééééé! ¡Esas son
cojudeces!¡No joda! Quitándome su cuerpo del mío quise seguir mi camino,
apresurándome sobre mis pasos que dejaban sus huellas en la nieve. ¡Es verdad, Gustavo,
¡es verdad!¡Ve con tus propios ojos! ¡Te lo suplico, Gustavo!
Haciendo caso omiso a las
palabras desesperadas de Justina, traté de alejarme del grupo que rodeaba la
zona de curiosidad. En medio de la oscuridad y las estrellas, veo aparecer
centellas en el firmamento y se escuchaba cada vez más cerca el sonido de una
campana que acompañaba el viaje de un trineo; pero algo llamó mi atención. Una luz
palpitante mi inducía que vaya hacia ella. Cruzamos calles y el río. Mis
zapatos húmedos se movían al impulso de mi cuerpo, mi pantalón era más pesado
por la humidad, no sé en qué momento perdí la bufanda y la casaca para el frío.
La luz dejó de brillar y cayó en una acequia medio vacía. En ella, vi moverse
una figura pequeña que tiritaba de frío. Era pequeño, muy pequeño diría yo. Su
hocico buscaba algo de comer, siento que confunde mi dedo con una teta,
succiona fuerte pese a tu pequeño tamaño.
Saco mi chompa, me quedo medio
desnudo, corrí al coche, quito la nieve, entro en ella y prendo la calefacción
y las luces, con mi pañuelo medio seco, limpio poco a poco el cuerpo de aquel
animalito. Cada vez que liberaba su cuerpo de la suciedad, notaba pequeñas
manchas. Su piel era suave, sus orejas alargadas y su mirada llena de
esperanza. Nos miramos por breves segundos. Intentaba pararse en el asiento
trasero del coche y berreaba por el hambre, yo; sentía como unas gruesas y
cálidas lágrimas de emoción bajaban por mis mejillas.
Por esas coincidencias de la
vida, el que fuera un juguete de infancia, en mi vejez, tenía en manos un
venado de verdad.
Después de muchos, muchos años, la navidad volvía en mí.
martes, 17 de noviembre de 2020
La laguna encantada
¡Cuac, cuac, cuac! Era el sonido que
cada mañana o atardecer motivaba a José, visitar la zona con la esperanza de
cazar un pato salvaje de la laguna para que por lo menos en un día, dejaría de
comer lo de siempre: frijol con arroz y ralo ralo hilitos de carne seca que su
mama lo daba. Era joven, atrevido y arriesgado para su edad. ¡Cuac, cuac, cuac!
Pasaban los patos cerca muy cerca a él y solo atinaba a estirar los brazos ya
que no podía meterse al agua ya que meses antes, tres personas se ahogaron
en ella.
Horas y horas
contemplando el paso de los patos, ideó una forma de cazar a uno de ellos por
lo menos. Se hizo de un grueso carrizo y en la punta colgaba en hilos con
anzuelo uno que otro maíz seco o mote. Pasado las cinco de la tarde, un pato se
eleva de las aguas de la laguna, come el mote y ¡zas! Su pico queda enredado en
el anzuelo, lo jala rápidamente, pero, más veloz fue un cuerpo alargado y de
colores que enroscó el frágil cuerpo del pato y José vio como ante sus ojos,
una serpiente con ojos brillantes como fuego, tragaba al ave. Antes de perderse
en las aguas, la serpiente miró fríamente a José, él, temblando y con los pelos
de punta, se dejó caer por la loma.
De bruces
entra a la casa y se desmaya, José. Su madre, la anciana, Matilde, le ayuda a
reponerse y le limpia la baba en la unión de sus labios prietos y secos. Ella
lo miraba con cariño, él cerraba sus ojos para no contar los hechos. ¿Otra vez
te juiste a la laguna, di? José, en silencio, no atinaba a decir nada. ¿Cuándo
dejarás de ser resabido y por una vez me haces caso? ¡Mamá, aishito estaba el
pato! pero una culebra me quitó. Lo agarró la cabeza y cariñosamente le trajo a
su pecho ¡mijo, no lo vuelvas hacer, por favor! Como quién le frota sus manos
por su cabeza, remojando su pelo con aguardiente caliente, le contó la
historia.
Mi abuelo
cuando vivía, José, y eso ya es por los años 1840 nos contaba que esta laguna
nació luego de unas fuertes lluvias que azotaron Chachapoyas. Cinco días de
intensas lluvias cayeron en la ciudad. Unas nubes negras que venían de Conila,
cruzaron zumbando nuestro cielo y misteriosamente se formó una laguna aquishito
nomá y desapareció las aguas en “El Tapial”. Desde ese día, vimos como crecen
las totoras, salen los patos y dormitan cerca de los árboles cientos de
lechuzas. Tu abuelo, Manuel, cuando era chiquita me dijo que los jueves no se podía pasar a la media noche porque las
aguas parecían que saltaban para abrazarte y ahogarte y que desde que nació la
laguna, aparecen al morir el sol dos doncellas que se peinan su larga cabellera
con peines de huesos de peces dorados que, en setiembre de cada año, saltan en
las aguas de la laguna y nadie los puede pescar porque pese a que lo capturaban
con el anzuelo ¡ploc!., desaparecían como acto de magia y de lejos se escuchaba
una irónica sonrisa.
Por eso,
mijo, es que esta laguna parece encantada porque muy pocas personas pueden
dominarla. La que siempre se lo ve por allí es a Doña Bertila que en el barrio
todos dicen que es una buenísima bruja. Pa´ ella dicen en el pueblo que es una
de esas doncellas ya que los que van a verla para que los cure, en su mesa
encuentran ojos de sapo, escamas de serpientes gigantes, patas de conejo
disecado y picos de lechuzas como si fuera su collar. Ella, es la que entra a
la media noche de los jueves, se baña y cuando sale y se seca, un fuerte olor a
azufre se huele en el barrio…
En octubre
de 1963 con la construcción del Hospital de Chachapoyas, desaparece la laguna,
empleando miles de toneladas de piedras y drenajes para que las aguas vayan por
las calles de Tushpuna y Yance. Desde ese año hasta 1973 suceden muchos casos
extraños, como en la zona de maquinarias se prendían y apagaban los motores,
sentían y veían a personas que caminaban en una pierna, se cerraban y abrían
las puertas con sonidos escandalosos y la última vez de esas cosas extrañas, es
la tarde de junio de 1972 donde se crea un pequeño remolino en la plazuela, va
tomando forma y elevaba la basura de las calles por lo menos unos trescientos
metros. Este extraño fenómeno cobró fuerza y recorrió casi todo el perímetro
del hospital hasta entrar por la puerta principal, tomar fuerza y romper
decenas de Eternit que cubría el techo del Hospital. Ante el ruido que generaba el remolino, mucha
gente cansa cansa subió a Burgos y contempló este inusual fenómeno y casi en
coro dijeron ¡Hasta que por fin se fueron! Simultáneamente, en el área de
mantenimiento, dos culebras enormes agonizaban conforme el remolino
desaparecía. Desde aquellos años, el pueblo se olvidó de la laguna, de las
brujas, de los patos, de las doncellas, del tractor enterrado por el área de emergencia y dentro del Hospital, el personal y
pacientes comenzaron a desarrollar sus actividades con total normalidad.
Doña
Matilde, con todas sus fuerzas, cargó a la cama a José, quien dormitando
balbuceaba ¡Gracias, mamita, gracias!
NOTA: Es una historia recreada en base a lo contado por
varias personas, entre ellas, mi suegro que fue el primer trabajador del
Hospital de Chachapoyas: Sr. Fidel Mesía Vargas.
Recreación: Manuel H. Cabañas López










